a mi padre
Leo en el blog de Jessica Bensa un interesante post cuyo título he robado (con su permiso) para éste. Creo (¿o es una certeza?) que más de un político y/o «autoridad» sudaría tinta, si se le formularan. Particularmente me gustan dos. Tocan las cuestiones económicas y la política inmigratoria que ha diseñado consecuentemente la mayoría de los estados y las reacciones sociales, bien estimuladas, es cierto, por esos mismos aparatos estatales.
Dice la 3
¿Por qué si el capital exige moverse con libertad por el mundo y particularmente en nuestros países, a los trabajadores no se nos permite hacerlo de igual forma?
Y la 9:
Por qué cuando un latinoamericano utiliza conocimientos básicos de francés para comunicarse, los parisinos lo entienden, o cuando habla en inglés los ingleses lo entienden perfectamente, pero cuando en Madrid utiliza un sinónimo del castellano, los españoles no lo entienden o lo corrigen inmediatamente como si no supiese hablar bien su propia lengua materna?
A la primera respondo: por el mismo motivo que existen los desocupados, el «ejército de reserva» del capital. En esta época de masivos flujos (in) migratorios, la burguesía de los países «desarrollados» echa mano a estos inmensos contingentes humanos, logrando al mismo tiempo dos beneficios, la superexplotación de los mismos, aumentando con ello sus ganancias inmediatas y la presión a la baja de los salarios de los «documentados» con lo cual también aumentan sus expectativas de futuras ganancias. Todo esto le sirve, además, para aplacar y domesticar a sus respectivas clases obreras, pues pende sobre ellas la amenaza de la desocupación. Como se ve, un negocio redondo.
A la segunda, prefiero responder con una pequeña historia.
Arsenio nació en un pueblito de Zamora, en el seno de una familia humilde, diez años antes de la guerra civil. El mayor de 4 hermanos pronto conocería los infortunios económicos a los que un padre, maestro, no podía hacer frente. Junto a su madre y sus hermanas (su hermano era demasiado pequeño aún), se trasladaba a pueblos cercanos, en burro o caminando, para la recolección de uvas y la cosecha de papas. Más de una vez, Arsenio (o sus hermanos) abría el cajón de la alacena buscando algo de comer y lo único que encontraba era un mendrugo, al que había que ablandar remojándolo en leche, o simplemente agua, para poderlo comer. Pero otras veces, ni siquiera había mendrugos.

Con el final de la guerra la cosa no mejoró, más bien lo contrario, se abría un período de escasez en numerosos pueblos de la llamada «España profunda».

Los jóvenes emigraban a las ciudades y los de las ciudades se subían a los barcos, rumbo a Francia, Italia, o a América, ese continente que albergaba esperanzas. Esperanzas de una vida mejor, de un escaparle a la miseria, o al menos de conseguir un trabajo mejor pagado y en el que no hubiera que dejarse la vida en jornadas agotadoras. En uno de esos barcos, Arsenio junto a su familia, haciéndose la América, llegó a Argentina.
Eran tiempos peronistas en Argentina. Tiempos en que el descubrimiento de la política, las inquietudes sindicales, las ideas de progreso social estaban al alcance de la mano de los Arsenios venidos del viejo continente. Un Nuevo Mundo, en sentido figurado, pero también literal, se abría ante los pies de los recién llegados. No era Buenos Aires, ni siquiera una capital de provincia, pero Mar del Plata, comparada con el pueblo de origen, Molezuelas de la Carballeda, era como decir Madrid, Barcelona o Bilbao.
Sin embargo, el «nuevo» mundo pronto iba a tener lacras del viejo: justo en la época en la que Arsenio comenzaba a tener un pensamiento progresista madurando alguna vaga idea republicana que traía de su España, las fuerzas reaccionarias levantaban cabeza, y aplicarían en Argentina algunas de las ideas que tan bien habían llevado a cabo del otro lado del atlántico. Otras lacras, como la discriminación, siempre habían estado presentes: Arsenio, su familia y otros como ellos, serían siempre los «gallegos» a veces «laburadores» pero lamentablemente, muchas otras, «de mierda» un insulto tan inaudito como llamar neoyorquino de mierda a un californiano. Pero de mierda o laburante, siempre se les trata de pagar menos, de dar los peores puestos, de ventajearlos…
¿Y si nos vamos a Chile? Se plantean con Pedro, el hermano. Hay un gobierno «democrático» los sueldos son mejores, seguro habrá menos discriminación, se dicen. Y allá parten, dejando Argentina, otra vez con las ansias de progreso, los sueños (casi) intactos. Se casarán (ambos), tendrán hijos (ambos), se integrarán o lo intentarán a esa nueva sociedad, distinta a las dos que dejaron atrás. Y sin embargo, la discriminación, la xenofobia, la burla al extranjero (ahora son «españoles de mierda», cuando los insultan) se mantiene.
Trabajan como bestias, primero un bar, administrado por ambos, luego toman caminos diversos, taxista uno, camionero el otro.
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Bello relato. Y salud, Arsenio!